
(“Un bucle en programación es una sentencia que se realiza repetidas veces”.
Wikipedia)
-“Si se sigue moviendo así le voy a pegar un tiro. Lleva tres días hablando tonteras. Me pone nervioso oírlo siempre con el mismo cantito, y no soy capaz de entender que dice”.
Deja la taza de café en la ventana y gira.
-“¿Qué es ese lugar? Porque en la entrada no dice nada y, como están las cosas por aquí, no voy a salir al pueblo a preguntar. Pero me puedo hacer pasar por uno de ellos, tengo la bata y, con que diga cosas ininteligibles, seguro que me toman por uno de ellos”.
-“Pero puede que no te dejen salir”.
-“Bueno, entonces digo que soy un periodista infiltrado, que me envía la BBC, o no, mejor ¡la CNN! y seguro que salgo”.
-“Haz la prueba”.
-“Mejor me quedo por ahora, e intento ver que dicen. ¡Pero llevo días! ¿O semanas? tratando de entender que dice ese, el que se asoma ahora. Otra vez, ya empezó con su cantito, y este calor que me pone más nervioso... aunque afuera hagan cinco bajo cero, aquí siempre hace este maldito calor...”
Toma la taza y enciende un cigarrillo.
-“Hay que hacer como los árabes, que toman cosas calientes para combatir el calor del desierto. Entiendo muy bien por qué son tan religiosos. Cuando no tienes a nadie a quien atribuirle tus infortunios o tus alegrías, ni un árbol, ni un monte Fuji, sólo arena y sol, y tu cabeza, y tus pasos lentos de fatiga y paciencia. Solo. Y tu jornada de ir de aquí a allá, contando los sorbos de agua de tu bolsa. La nimiedad es algo que no debe existir en el desierto. Todo es imprescindible, incluso el sol. Y comprendes que las cosas no existen por si solas, no existen para dar belleza ni para dejar que tus ojos se entretengan en un par de mariposas. La nada en que se mueven las cosas en el desierto las obliga a ser cooperantes. Todo coopera con todo, y la muerte es un proceso que necesita la sequedad y el calor para ser recordada. Si algo tiene el desierto es que trata bien a sus muertos, y para los que ahí nacieron la mortandad es parte del proceso, ni un principio, ni un fin. Por eso es que son tan religiosos, porque el orden de las cosas es único y constante, y el orden genera veneración”.
Deja su taza de café en la ventana.
-“Ya se fue, y otra vez no entendí lo que decía”.
Se acerca a la puerta del fondo, con la taza entre las dos manos. A su derecha hay una mesita de noche y una cama mullida, cómoda. A su izquierda hay un ropero, con ropa de abrigo, muchas camisetas blancas y una bata blanca.
-“Cuando pienso en el cantito de ese hombre, cuando le veo mover los labios, pienso que su mirada fría no concuerda con sus palabras. Parece hablar amablemente, como si cantara una canción de cuna, o como si estuviera dando explicaciones a su madre antes de que esta descubriera que había hecho una travesura. Como si sus pensamientos lo atormentaran y no aguantara más con su secreto. Y va ¡y lo suelta al aire! No hay nadie que lo escuche, mira a lo lejos sin esperar otros ojos, mira como si hubiera perdido la esperanza de que su madre aparezca de pronto y le diga “ya está, ya hemos llegado, puedes bajar del coche cariño, hemos llegado a casa”.
Las cenizas del cigarrillo de han mantenido pegadas al cigarrillo como por arte de magia, y al apagarlo deja caer las cenizas al suelo antes de llegar al cenicero.
-“¡Mierda! Voy a ir al pueblo a comprar un cenicero más grande”.
Mientras se gira, sus zapatos se manchan con las cenizas de cigarrillos que nunca llegaron al cenicero, no al menos en los últimos cinco años. El doctor Varela había llegado hace tiempo, y nunca se adaptó del todo a su celda.


